Historia de la sociedad


Alocución Presidencial
ALGUNAS NOTAS SOBRE EL ORIGEN DE LAS SOCIEDADES CIENTÍFICAS
Guillermo Ramos
Primer Congreso de la Sociedad Española de Cirugía Torácica (S.E.C.T.)
Málaga 5 a 7 de mayo de 2010
Ilmas.

Autoridades, Señoras y Señores, Queridos Amigos:
Es para mí un honor ocupar esta tribuna, con motivo del Primer Congreso de la Sociedad Española de Cirugía Torácica. De ahí, que mis primeras palabras sólo puedan ser de agradecimiento. Por un lado, a quienes después de un largo periodo de reflexión en el seno del Club de Cirujanos Torácicos tuvieron la valentía de dar un paso adelante y fundar la Sociedad, y a quienes a lo largo de este último año se han sumado al proyecto. Por otro, a los asistentes y participantes en esta Reunión por su estimable ayuda y, muy en particular, a los que han venido de más allá de nuestras fronteras, para compartir generosamente con nosotros su propia experiencia. En fin, como no podía ser menos, mi gratitud también a las Instituciones y Empresas que nos han prestado su apoyo desde el primer momento, refrendando así los objetivos de la Sociedad.

Dicho esto y tratándose de nuestro Primer Congreso, permítanme que aproveche la ocasión para rememorar los orígenes de las Sociedades Científicas: en homenaje a aquellos que fueron abriendo el camino y en recuerdo, siempre oportuno, de que la grandeza de una empresa sólo se forja con ilusión y entusiasmo, único modo además de aliviar el trabajo que conlleva. Comencemos pues por trazar, siquiera a grandes rasgos, el contexto histórico en que dichas Sociedades nacieron e iniciaron su desarrollo.

Entre las décadas centrales del siglo XV y las últimas del XVI, discurre una etapa de la historia que rompiendo con el pasado inmediato trata de recuperar la herencia grecorromana, depurarla y convertirla en pilar de un nuevo presente. El hombre se sitúa en el centro de la naturaleza terrena y el Humanismo, en su sentido más amplio, penetra la conciencia de la época.

El Renacimiento es, por tanto, el despertar de un espíritu nuevo. El racionalismo y el libre pensamiento progresan de la mano de Michel de Montaigne, ensalzador de la moderación y la tolerancia, y de Giordano Bruno, quien contrapone la infinitud del intelecto a la finitud de la razón aristotélica, dando un giro completo a la idea tradicional del mundo.

En italia, donde comienza este renacer, surge ya a mediados del siglo XV una nueva institución, la Academia, que pretende acercarse a la verdad mediante el libre contraste de pareceres entre personas de análoga condición. La primera, fundada en Florencia por Cosme de Médicis, se dedica sobre todo al estudio de Platón y adquiere carta de naturaleza cuando Marsilio Ficino es nombrado director de la misma.

Si el humanismo brota así, muy particularmente, fuera de las universidades, demasiado ancladas en sus orígenes escolásticos, otro tanto ocurre con la propia actividad científica y la enseñanza general de las ciencias. En torno a los mecenas se reúnen grupos, organizan tertulias, intercambian opiniones e información. Es el germen de las Sociedades científicas, de claro significado en el progreso del saber.

El Renacimiento, pues, no descuida la vereda de la ciencia y, aunque los logros de la época sean limitados, preludian los cambios que al respecto tendrán lugar en la centuria siguiente.

Un acontecimiento importante destaca en el transcurso del siglo XVII. Europa alumbra un nuevo modo de pensar que, poco a poco, se extenderá al resto del mundo y afirmará en los primeros decenios del XVIII. El método experimental, levantado sobre el empirismo que pregonara Bacon, encuentra en Galileo expresión ejemplar y en Descartes razón metafísica; constituyéndose, a su vez, en base de la concepción mecanicista y matemática del cosmos que paso a paso se va introduciendo.

Mas, Europa es un 'solar' heterogéneo que muestra innumerables colores. La disparidad de matices que puede vislumbrarse no impide que la idea de Europa gane terreno a la de Cristiandad, los Estados vayan desplazando a los Imperios y la sociedad estamental emprenda lentamente el camino hacia una sociedad de clases. La hegemonía española, mantenida todavía en la primera mitad del siglo XVII, dará paso al liderazgo de Francia. Luis XIV encarnará fielmente el absolutismo; sistema de gobierno que, de un modo u otro, persistirá en las cortes europeas por mucho tiempo, al margen del régimen parlamentario instaurado en Inglaterra en 1689.

En este mundo que acabamos de esbozar es donde florecen, como dice Laín, los principios de la nueva ciencia, impregnado el espíritu de dinamismo, infinitud y razón.

La idea formulada por Descartes
–„sólo la razón conduce al conocimiento‟– tuvo sin embargo una difusión desigual. Considerada contraria a la doctrina católica, fue perseguida como herética en algunos países. De ahí que no sea hasta el siglo XVIII cuando el racionalismo triunfe verdaderamente en Europa, al tiempo que se desarrolla el movimiento ilustrado.

Las primeras décadas de este nuevo siglo son testigo de grandes transformaciones. Francia comienza a declinar desde el punto de vista político; Inglaterra perfecciona el parlamentarismo y extiende su imperio colonial; España asiste al cambio de la dinastía de los Austrias por la de los Borbones. Mientras Prusia y Rusia emergen como nuevas potencias que cambian el mapa sociopolítico de Europa.

Tras muchos avatares, el siglo acabaría con dos hechos que cambiaron el rumbo de la historia: la independencia de los Estados Unidos de América y la Revolución Francesa.

En este contexto tan amplio en tiempo y espacio, pocas fueron las Universidades renovadoras. La mayoría quedaron obsoletas. La decadencia de la Universidad como venero de ciencia y centro de enseñanza fue suplida, paulatinamente, por las actividades desarrolladas en Academias, Cofradías, Colegios y Sociedades.

Las nuevas asociaciones incluyeron pronto como métodos de trabajo el experimento y la inducción. La andadura comienza también en Italia.


ITALIA
La Academia de los Misterios de la Naturaleza (ACADEMIA SECRETORUM NATURAE), fundada en Nápoles por Giovanni Battista della Porta, en 1560, es tal vez la primera de aquellas sociedades. Para acceder a la misma, los candidatos debían presentar algún descubrimiento personal en dicho campo.

En su trabajo
‘Magiae Naturalis’, publicado en 1558, Della Porta trató diversos temas a los que había dirigido sus investigaciones; desde la alquimia y la astrología hasta la matemática y la meteorología, pasando por la filosofía natural.

La Academia fue disuelta en 1578, bajo la sospecha de brujería.

Veinticinco años después, el príncipe Federico Cesi funda en Roma (1603) la Academia de los Linces (ACCADEMIA DEI LINCEI); nombre tomado de Lynceus, el argonauta destacado en la mitología griega por la agudeza de su vista.

Si bien la importancia de esta Academia se liga con frecuencia a la incorporación de Galileo Galilei en 1611, se obvia en general el rechazo del astrónomo pisano al trabajo desarrollado por Francisco Hernández en su expedición a la Nueva España, que sería editado más tarde. Al margen de esta apreciación, tan negativa como errónea, Galileo influyó en el inicio de la anatomía microscópica, la otra gran contribución de la Academia romana. Las primeras aportaciones sobre microscopía aparecieron en las
‘Actas de los Linces’ (‘Gesta Lynceorum’), título de la publicación que a partir de 1609 recogió los trabajos de la Sociedad.

En 1657, bajo la protección del gran duque Fernando II y su hermano Leopoldo de Médicis, se constituyó en Florencia la
Academia del Experimento (ACCADEMIA DEL CIMENTO). Considerada por algunos como la primera sociedad verdaderamente científica, su lema era “provando e riprovando”.

La Institución favoreció de modo claro el progreso científico. La aplicación del modelo físico-matemático al estudio de las funciones orgánicas, fue uno de sus objetivos. Aparte de Giovanni Alfonso Borelli, dedicado a la matemática y la astronomía e interesado por los estudios anatómicos, en ella brillaron otros ilustres personajes como Francesco Redi y Marcello Malpighi.

La dedicación a la ciencia experimental se aprecia claramente en la importante obra ‘Ensayos sobre Experimentos Naturales’ (‘Saggi di naturali esperienze’), publicada por el Secretario de la Corporación, Lorenzo Magalotti, en 1667.

Pese a su limitada existencia (funcionó sólo hasta ese año), la Academia florentina serviría de modelo a las de Londres y Paris.

ALEMANIA
En Alemania, la primera asociación científica fue fundada en 1652 por cuatro médicos de la localidad bávara de Schweinfurt, cultivadores del estudio de la naturaleza, formados sobre todo

en Italia. Conocida inicialmente como Academia de las Curiosidades de la Naturaleza (ACADEMIA NATURAE CURIOSORUM), los fundadores eligieron como Presidente a Johann Lorenz Bausch, el iniciador de la aventura.

  

Además de tratar las ciencias naturales, la Academia abordó el arte de curar. En orden a conseguir más miembros y obtener la protección del Emperador Leopoldo I, Philipp Jacob Sachs von Lewenhaimb inició en 1670 la publicación, en forma notablemente regular, de una revista dedicada a la medicina científica: ‘Miscelánea Curiosa Médico-Física’ (‘Miscellanea Curiosa Medico-Physica Academiae Naturae Curiosorum sive Ephemeridum Medico-Physicarum Germanicarum Curiosorum’). La publicación, que fue cambiando de nombre con el correr de los siglos, mantuvo el énfasis en la medicina hasta 1928. Fue la primera revista dedicada a la ciencia médica y natural.

En 1677, la Academia fue reconocida oficialmente por Leopoldo I y en 1687 le fueron otorgados privilegios de Academia Imperial. Desde la fecha de su fundación, su lema ha sido “investigar la naturaleza en beneficio del hombre”.

INGLATERRA

La
Sociedad Real para el Fomento del Saber Natural (ROYAL SOCIETY), fundada en Londres en 1660, alcanzó pronto gran notoriedad.

Los trabajos de Derek J de Solla Price han hecho célebre la expresión
Colegio Invisible (INVISIBLE COLLEGE) para referirse a la tertulia de Oxford reunida en torno al clérigo John Wilkins, cuñado de Oliver Cromwell. La unión de los vestigios del club filosófico oxoniense y un grupo del Gresham College de Londres fue el origen de la nueva Institución.

Los comienzos no fueron fáciles, tanto por la afinidad de algunos de sus miembros con los puritanos, como por tratarse de una Sociedad promovida por los mismos científicos y no desde el poder político. Aun legalizada por Carta Real de Carlos II Estuardo, en los primeros años de su existencia los recursos económicos fueron muy escasos. Pese a todo, la Sociedad sobrevivió y todavía hoy continúa su camino. Pugnas y problemas internos aparte, pretendía la promoción del saber físico, matemático y experimental, rechazando las especulaciones teóricas y persiguiendo el ideal del trabajo cooperativo, antecedente claro de los enfoques multicéntrico y multidisciplinar de nuestros días.

Las ‘Actas Filosóficas’ (‘Philosophical Transactions’) comenzaron a publicarse ya en 1665. Hoy por hoy, Philosophical Transactions es la revista científica más antigua publicada sin interrupción.



FRANCIA

Distinto fue el origen de la francesa
Real Academia de las Ciencias (ROYALE ACADÉMIE DES SCIENCES), fundada en 1666 por Jean Baptiste Colbert, bajo los auspicios de Luis XIV, cuyo carácter estatal llevó a que el „Gobierno‟ nombrara sus miembros y pagase sus salarios. Sin actividades docentes, tenía como objetivo aglutinar a los científicos de élite y promover la investigación. Las Memorias de la misma (‘Mémoires de l’Académie des Sciences’) vieron la luz en 1699.

Esta Academia de las Ciencias tuvo su antecedente inmediato en la Academia Montmor, derivada a su vez de la tertulia científica reunida en la capital francesa en torno al Padre Marin Mersenne, amigo personal de Fermat y Descartes. La extensa correspondencia que Mersenne mantuvo en su época, resultó esencial para la difusión de noticias científicas a distintos países.



En 1731, Luis XV consagró la importancia del saber quirúrgico, al fundar por decreto transformando el Colegio de San Cosme la Sociedad Académica de Cirugía (SOCIÉTÉ ACADÉMIQUE DE CHIRURGIE); obra en realidad del empeño y la influencia de Georges Mareschal, primer cirujano del Rey, y François Gigot de Lapeyronie, a quien Mareschal había elegido como sucesor.

Unos años después, ya con el nombre de
Academia Real de Cirugía (ACADÉMIE ROYALE DE CHIRURGIE) adquirió plena capacidad para la enseñanza, incluidos el doctorado quirúrgico y el control previo al ejercicio profesional. Su primer director, Jean-Louis Petit, el cirujano francés más destacado del momento, y su secretario perpetuo y primer doctor (1749), Antonie Louis, determinaron la marcha ascendente de la Corporación.

Entre los temas recogidos en el primer volumen de ‘Memorias de la Academia Real de Cirugía’ (‘Mémoires de l’Académie Royale de Chirurgie’), figuran: la descripción de un tumor situado sobre la tráquea cerca del esternón, una serie de observaciones sobre cuerpos extraños del esófago y la tráquea, y un caso de absceso pulmonar.

La Academia creó a su vez una Escuela Práctica de CirugíaCOLE PRATIQUE DE CHIRURGIE). El método de enseñanza a la cabecera del enfermo, establecido por Desault en el Hôtel-Dieu parisino, fue entonces un sistema único en Europa.

La Medicina francesa propiamente dicha siguió por tiempo al margen de todo movimiento renovador. De ahí que la creación de la Sociedad Real de Medicina (SOCIÉTÉ ROYALE DE MÉDECINE) se llevara a cabo tardíamente.

Constituida como tal, en 1778, por la fusión de la Comisión de Medicina de París (COMMISSION DE MÉDECINE) y de la Comisión para el examen de los remedios secretos y las aguas minerales (COMMISSION POUR LEXAMEN DES REMÈDES SECRETS ET DES EAUX MINÉRALES), la Sociedad estaba formada por 30 miembros y 12 asociados libres. Su trabajo se apoyaba en unos 150 médicos correspondientes establecidos en las diferentes provincias del reino y en las colonias. Su publicación anual ‘Historia y Memorias de la Sociedad Real de Medicina’ (‘Histoire et Mémoires de la Société Royale de Médecine’), se mantuvo hasta 1789, siendo abandonada después por falta de recursos económicos.

Como todas las Sociedades científicas y literarias del país, fue suprimida por la ley del 20 Thermidor año I (esto es, el 8 de agosto de 1793).


Pero, ¿qué ocurría mientras tanto en el Nuevo Continente?

NORTEAMÉRICA
En la América colonial, la primera Sociedad científica, la Sociedad Filosófica de Boston (BOSTON PHILOSOPHICAL SOCIETY), creada en 1683 por Increase Mather, tuvo un relieve limitado dada su corta existencia.

Más de cuatro décadas después, en 1727, Benjamin Franklin reunió un grupo de amigos con intereses diversos y fundó una asociación (JUNTO), conocida también como Club del Delantal de Cuero (LEATHER APRON CLUB). En sus reuniones de los viernes por la noche debatían cuestiones no sólo de física sino también morales y políticas, todo ello en aras de la “mejora recíproca de sus miembros”. En 1743, el mismo Franklin propuso crear una Sociedad abierta a las diferentes colonias, con más proyección en el campo científico; nació así la Sociedad Filosófica Americana (AMERICAN PHILOSOPHICAL SOCIETY). La fusión de ambas (Junto y APS) dio lugar a la Sociedad filosófica americana para la promoción del conocimiento útil, con sede en Filadelfia (AMERICAN PHILOSOPHICAL SOCIETY HELD AT PHILADELPHIA FOR PROMOTING USEFUL KNOWLEDGE).


Años más tarde (1780), John Adams fundaría en Boston una Sociedad de análogas características, que se denominóAcademia Americana de las Artes y las Ciencias (AMERICAN ACADEMY OF ARTS AND SCIENCES). El gobernador James Bowdoin II, “científico aficionado”, fue nombrado Presidente.

Franklin que, con sus investigaciones sobre la electricidad, había hecho la primera gran aportación a la ciencia del Nuevo Mundo, fue elegido Miembro extranjero de la Real Academia de las Ciencias de París (1773). Sin embargo, el reconocimiento oficial de Norteamérica desde el punto de vista científico no llegó (paradójicamente) hasta que James Bowdoin II fue incluido
“en la lista de miembros extranjeros” de la Real Sociedad londinense (1788).

Mientras esto sucedía, el 4 de julio de 1776, se redactaba en Philadelphia la Declaración de independencia de las trece colonias. Y en 1783, por el Tratado de Versalles, Inglaterra aceptaba la soberanía de los Estados Unidos de América.

Demos un salto en el tiempo, acercándonos a la Cirugía Torácica.

Si fueron los trabajos de Sauerbruch en 1904, intentando evitar las consecuencias desfavorables del neumotórax abierto, los que iniciaron realmente la cirugía torácica en su expresión moderna, fue un hecho relacionado con la cirugía del esófago (la escasa acogida de una comunicación sobre la resección del cáncer, presentada en el meeting de la Asociación Médica Americana AMERICAN MEDICAL ASSOCIATION de 1913), el que llevó al estadounidense Willy Meyer a considerar la idea de una Sociedad nacional para la nueva Especialidad. Idea que cristalizó con la fundación en 1917 de la Sociedad Neoyorquina de Cirugía Torácica (NEW YORK SOCIETY FOR THORACIC SURGERY), primera Sociedad quirúrgica torácica del mundo.



A partir de ella, se fundó el mismo año la Asociación Americana de Cirugía Torácica (AMERICAN ASSOCIATION FOR THORACIC SURGERY), cuyo primer Presidente fue Samuel Meltzer. Cirujanos, internistas, tisiólogos, radiólogos, anestesistas y endoscopistas se reunieron en la nueva Sociedad. Pronto un suplemento de ‘Archives of Surgery’ fue dedicado a temas torácicos, lo que condujo al desarrollo ulterior de la revista ‘Journal of Thoracic Surgery’, que apareció en 1931, tres años después de que John Alexander estableciera el primer programa de formación en la Especialidad.

En lo que a nosotros concierne, el camino quedaba claramente orientado.


EPÍLOGO
En suma, la instalación en la historia de los postulados de la ciencia moderna no fue una revolución, en el sentido habitual de la palabra, sino un proceso desarrollado en el tiempo.

En el curso de ese proceso, surgieron nuevas Instituciones cuyo reconocimiento oficial facilitó su consolidación y prestigio. El creciente interés por la ciencia contrastó, sin embargo, con el analfabetismo mayoritario en las clases populares y el malestar de los desfavorecidos, que verían resquebrajar el orden social.

Los mayores cambios se produjeron inicialmente en las ciencias físico-matemáticas. La matematización de la naturaleza y el desarrollo experimental se conviertieron en instrumentos del conocimiento científico; mientras las ciencias biomédicas renovaban sus métodos para una mejor comprensión de los fenómenos de la vida y la enfermedad.

Al cabo, es evidente que hubo una profunda transformación doctrinal. Los conceptos, tomados antes como absolutos, fueron sustituidos paulatinamente por interpretaciones provisionales, en tanto que el progreso del conocimiento no las modificara. Pese a lo cual, el saber difundido siguió por mucho tiempo siendo, básicamente, el contenido en los libros de las „autoridades clásicas‟; sin que el planteamiento de algunos adelantados, como Hernando Colón o Conrad Gesner, derivara en una información suficientemente ágil, acorde con un saber cambiante al paso de los años.

Llegó un momento, no obstante, en que el libro y la correspondencia privada comenzaron a considerarse vehículos inadecuados para la difusión de la ciencia, necesitada de una mayor presteza. De ahí que, al lado de las publicaciones específicas de Academias y Sociedades, se fueran configurando la prensa científica y la propiamente médica.

Mas, esta es otra historia, que tal vez abordemos otro día.

Para concluir, y volviendo en cierto modo al principio, baste señalar que conocida la senda, “sólo queda definir el rumbo”, como diría José Antonio Marina. Corresponde a la ética plasmarlo en el mapa de la honradez intelectual y la generosidad. El mejor mapa, sin duda, para que la Sociedad Española de Cirugía Torácica camine resuelta en pos de su único y noble objetivo, la promoción de la Cirugía Torácica como Especialidad; alentada siempre por las palabras de Gregorio Marañón cuando decía “la intención [la buena intención, se sobrentiende] es lo más digno que el hombre puede ofrecer al juicio de los demás”.



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